Foto: Briana
Hoy me encuentro sola. La noche es cálida pero sin brisa.
Recuerdo mis noches de soledad frente a mi computadora, intentando encontrarme, buscándome, aprendiendo a vivir conmigo misma sin llorar, sin sufrir.
Los recuerdos me invaden, cuando llegué a este departamento, hace dos años exactos, sin mesa, sin sillas, sin cama, con un puñado de libros, una enormidad de incertidumbres, el deseo de escapar y la necesidad de hallarme, de encontrarme en mi inmensa soledad.
Atrás quedaron amigos de la infancia que ya no lo eran, corazones rotos, historias tristes, sometimientos a la normalidad.
Entré acá y juré encontrarme.
Y así. Dos años de aquella primera noche que dormí en esta casa, sólo acompañada por un colchón y una silla, único mobiliario testigo de mi aventura. Dos años de historias de noches, de caminar descalza en esta ciudad que nunca duerme. Dos años y muchos hombres pasaron por mi cama, el sexo y las historias de la noche que detenían abrazos tangueros y lágrimas posmodernas. Tango y rock and roll, sexo y alcohol, drogas, noche, amores desencontrados, ustedes viviéndolo conmigo. Dos años que se resumen en una sola palabra: búsqueda.
Hoy me siento en algún punto de ese camino de búsqueda. No en el final, pero si en un punto intermedio de importancia relevante. Hoy estoy acompañada y decidiendo compartir este hogar con alguien más, con él que llegó para demostrarme que el amor no es primero hay que saber sufrir, después amar, después partir, si no que el amor es otra cosa, el amor es ser compañeros y luchar juntos en la búsqueda, el amor es mirar al otro y robarle una sonrisa cuando está llorando, el amor es ser honesto en la mirada de la otra persona y amar sin mediaciones de angustia.
Aunque el placer del goce de la angustia inevitablemente se extraña, entonces, a veces lloro… Hasta cansarme de llorar…